Por Roberto Carlos Astorquiza Aguirre*

Apenas a dos meses de haber iniciado el nuevo gobierno, Colombia viene sintiendo poco a poco los efectos del enfoque propuesto: la vida sobre la muerte, la paz sobre la guerra, la transición a energías limpias, el desarrollo nacional, la recuperación de los sistemas medio ambientales estratégicos, el saneamiento fiscal. Y a nivel internacional el actuar desde la dignidad de los seres humanos y la soberanía relativa de las nacionales. Colombia eligió esto, sobre viejas relaciones de poder funcionales a las inequidades, al delito, a la corrupción, a las violencias, a las incompetencias, a la impunidad.

No será una transición tranquila pues es democrática, y al ser democrática pertenece a todos, se hace dentro de los cauces constitucionales, y debe ser permanentemente cuestionada. No es automática, pues se tratará de intervenir una realidad nefasta, moldeada por décadas de alienación y precariedades. Más aún, no es perfecta, es humana, no es superior, es diferente. Estará llena de aciertos y desaciertos, como los que hemos visto en estos cortos dos meses de gobierno.

La apuesta de cambio, hecha desesperadamente por las mayorías electorales amenazadas por la decadente normalidad, debe asumir postura, debe pasar del movimiento a la organización, pues el movimiento ganó el gobierno, pero el poder ciudadano aún esta por verse. La tensión hoy es más fuerte, se incrementa la lucha por la burocracia, por los presupuestos, por los negocios, por los privilegios, por la defensa de intereses tanto lícitos como ilícitos. Porque se mantenga el status quo, y para esto, hoy, los eternos detractores del cambio; sin ruborizarse, se han puesto el vestido petrista, de la Colombia humana, del Pacto Histórico, muchos ya están en el gobierno. Los neopetristas, menoscaban liderazgos probados en la resiliencia, quieren empoderarse o apoderarse de los réditos políticos, y por qué no; hacerse elegir en las próximas elecciones.

Esos son los principales desafíos en la actual coyuntura, primero, lograr la consolidación a nivel nacional del gobierno de transición, y segundo, en los territorios, como el Quindiano, frenar las pretensiones de los oportunistas de siempre que se quieren colar en el Pacto para que nada cambie, auspiciar así, la irrupción de una propuesta político social; organizada a partir de las ciudadanías inconformes, esas que han resistido el ataque, para que asuman con decisión los rompimientos y las transformaciones que se requieren con urgencia.

El Quindío y Armenia, como partes de la geografía nacional participan de sus mismos sueños, amenazas y desafíos. El otrora Departamento joven, rico y poderoso, y la bella capital cuyabra, herederos de una añeja cultura que unía laboriosidad, vocación de servicio y el amor por su tierra, hace décadas perdieron el rumbo, de su economía, de su política, de su visión comunitaria. El departamento sin su fuerza cafetera ha tratado de caminar por los senderos de la agroindustria, del comercio, y del turismo, este último, renglón económico con mucho que hacer en términos de democratización de las ganancias, y de las amenazas que genera para el medio ambiente y la conservación de las escasas fuentes hídricas. En nuestro contexto la política entendida como el espacio para pensar y actuar libremente en busca del bien común, cayó en manos de los intereses privados, tanto legales como ilegales. El drama humano, y el fracaso administrativo y financiero, que ha sufrido la alcaldía de Armenia, le han hecho perder credibilidad a quienes han detentado y participado del poder político; en estas circunstancias no tienen capacidad de acción. Para agravar, el escándalo de corrupción que encabeza el confeso senador Mario Castaño también tocó al gobierno departamental, y hoy tiene quindianos o, presos o sub judice. Es decir, las instituciones públicas más importantes no tienen la capacidad de generar procesos de transformación, menos de rompimiento, por el contrario, en mucho explican porque mantenemos altos índices de desempleo, presencia de economías ilícitas, descomposición social, de abandono y desidia administrativa.

Nuestro territorio no puede seguir sometido al mejor postor, Armenia sin una administración legitima que intervenga sus grandes conflictos sociales y económicos, otros municipios como La Tebaida, con intentos de reformas de planes de ordenamiento territorial para los negocios, sin agua como Montenegro, en Salento, con la destrucción del área verde protegida, en Pijao y Génova con las amenazas de las pequeñas centrales hidroeléctricas, compra de tierras por multinacionales extranjeras, urbanizaciones campestres sin control, sin planeación, etc.

Como puede colegirse, son las nuevas ciudadanías las que deben intervenir su territorio con renovadas narrativas y acciones sobre lo público. En las elecciones de marzo y junio de este año, el Quindío habló principalmente desde el Pacto Histórico y el frente amplio, ese fue el principal logro, en la historia reciente ninguna opción política verdaderamente alternativa e independiente, había logrado los votos que se obtuvieron para la Cámara y el Senado. El fenómeno Petro lo llevó a la presidencia de la Republica.

El Quindío necesita otros referentes políticos, más competentes y sensibles frente a los desafíos actuales. Liderazgos ciudadanos que buscando la reconciliación, con inclusión y pluralismo, sin violencias ni pretensiones hegemónicas, desde el respeto y el reconocimiento del otro, sean capaces de hacer los rompimientos necesarios con las viejas hegemonías, proponer y llevar a cabo las transformaciones integrales que se requieren.

 

* Abogado-Especialista en derecho constitucional y derecho administrativo – Magister en Filosofía del derecho y Teoría Jurídica – Diplomado en DDHH en el Terreno – Europa 2019

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