Libardo García- Columnista-Por: Libardo García Gallego  (libardogarciagallego@gmail.com) 

El Artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

La Constitución Política de Colombia incorporó este derecho en los artículos 18, 19 y 20, los cuales garantizan, respectivamente, “la libertad de conciencia”, “la libertad de cultos” y “la libertad de toda persona de expresar su pensamiento y opiniones,…”

Por varias razones resulta imposible el ejercicio real de este derecho, entre otras: 1. Los padres invocan el derecho a educar sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones; 2. En las instituciones educativas no explican a los estudiantes las diferencias entre las múltiples creencias religiosas, por la cual cada estudiante escasamente conoce el credo religioso paternal. En consecuencia, ¿Cómo puede una persona escoger libremente una religión, o un partido político o una filosofía, si desconoce la diversidad de alternativas en cada caso?

Cuando se habla de calidad de la educación debería considerarse esta situación. Sin el conocimiento científico de los aspectos anteriores resulta ridículo alardear de libertad, pues equivaldría a afirmar que existe democracia cuando ésta es proporcional al poder económico de los individuos o que el hijo de padres estrato uno tiene igualdad de oportunidades que el hijo del multimillonario estrato seis. En todos los niveles de la educación formal hacen falta docentes capacitados para explicar estas materias. Del mismo modo que para promover el bilingüismo se contratan docentes cuyas lenguas maternas sean distintas del español, lo mismo debería hacerse con la religión, la política, la filosofía.

Muchas veces los estudiantes no aprenden a distinguir los sistemas políticos, ni filosóficos, ni religiosos, ya que no es común encontrar docentes que sepan explicar de manera objetiva todas las doctrinas. Un docente aferrado a su catolicismo es incapaz de explicar imparcialmente las diferencias entre la Biblia y el Corán o las distinciones entre las vertientes del cristianismo; un conservador retardatario, tipo Ordóñez, ¿cómo puede explicar científicamente los planteamientos de la dialéctica materialista o del materialismo histórico?. Un ignorante en Economía Política cómo puede explicar bien las diferencias entre Capitalismo y Socialismo? Se precisa de debates profundos entre concepciones opuestas. Hay que enfrentar, por ejemplo, a Álvaro Uribe con Carlos Gaviria, a Estanislao Zuleta con el Padre Farías,  a Fernando Vallejo con el Cardenal Rubiano. De estos debates los estudiantes obtendrían un conocimiento de alta calidad.

La verdadera democracia debe entenderse en estos términos, no como la entienden algunos oportunistas y charlatanes, cuyo principios son de este tenor: “medio mundo vive del otro medio”; “quien más saliva tiene traga más hojaldra”; “si quieres expresar lo que piensas y los medios existentes no te ofrecen espacio, entonces financia tu propio medio y si careces de recursos, de malas, quédate callado”; “para qué hacer inútiles concursos de méritos, uno tiene que trabajar es con los amigos, así no sepan mucho”.

El derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y religión sólo se da siempre y cuando la persona conozca todas las opciones. De lo contrario es ir cual caballo zorrero, sin poder mirar hacia los lados.

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